El rey perdió a la reina por caprichoso, por jugar con su princesita y la de su hijo, el príncipe. La reina abandonó palacio, dejando la corona. Una corona de oro blanco con diamantes que poco valor tenían para ella. La reina la dejó en un rincón y dijo adiós a aquella vida que por muy cómoda que fuera no le gustaba. Unos pantalones vaqueros, eso si que le gustaba.
Se fue lejos, mucho, y descubrió la felicidad. La felicidad de los buenos libros, de la recompensa por su esfuerzo, de la sencillez, de la independencia, de su libertad. La reina dejó de ser la reina de alguien y de algún sitio para ser su propia reina.